22. Intro. liturgia sacramental  

CELEBRACIONES Y SACRAMENTOS EN EL ANTIGUO TESTAMENTO.

Todos los pueblos y culturas, tanto a lo largo de la historia como en cualquier lugar del mundo, tienen sus fiestas y celebraciones. Estas implican en la mayoría de los casos un componente religioso. En toda celebración o fiesta, se suele recordar algún acontecimiento del pasado, se actualiza en el presente y se desea para el futuro lo mejor y más brillante. Por ejemplo, cuando celebramos un cumpleaños nos acordamos del día que nació una persona, hacemos unos gestos simbólicos en el presente y deseamos que en futuro se tenga una vida feliz. En la celebración de la Constitución Española recordamos el referéndum del año 78, se hacen algunos actos conmemorativos en las Cortes, no se trabaja durante ese día, y los políticos y ciudadanos manifestamos nuestro deseo de que dure mucho aquel pacto consensuado por las libertades.

En las celebraciones festivas se suelen repetir algunos gestos y palabras. Los gestos suelen ser de carácter simbólico, soplar unas velas, comer fraternalmente, soltar una paloma de la paz, depositar unas flores sobre un monolito. Las palabras se dibujan en el discurso, en una canción repetida para esa fecha, o en unas breves palabras dirigidas a recordar el sentido de la fiesta.

También las celebraciones festivas religiosas hacen lo propio, gestos y palabras, recordando el pasado y deseando un futuro mejor. El pueblo Judío, celebraba con palabras y gestos, recordaba el pasado, y buscaba un futuro salvífico. Interpretaban los acontecimientos de la historia desde la intervención de Dios, haciendo que fuera historia de salvación. Entre las celebraciones del AT destaca las que tuvieron como origen el Exodo, la noche y la cena de Pascua, el paso del Mar Rojo, los años en el desierto, la Alianza en el Sinaí y la entrada en Caná. También celebraban el sábado, por ser el día que Yahvé descansó después de crear el mundo, celebraban la liberación del destierro,... etc.

En el AT se describen, identificando con épocas muy remotas, los rituales y sacrificios dedicados a Yahvé. Algunos libros del Pentateuco contienen la legislación para celebrar correctamente. Abraham se nos muestra como el Padre en la fe; numerosas veces hace sacrificios a Yahvé, que es un Dios familiar y nómada. Los sacrificios de los patriarcas se hacían en algunos lugares como montañas o elevaciones, consistían en matar un animal, o derramar algún fruto de la tierra, sobre una piedra grande, el ara o altar. El sacrificio así considerado era entendido como un pacto o acuerdo, una alianza, un juramento sagrado que implicaba un compromiso. En aquella época era corriente, cuando se negociaba un acuerdo y se llegaba a un pacto, escribirlo en una tablilla, romperla y quedarse cada parte con un trozo distinto. En otros momentos esa tablilla se sustituía por una comida, el anfitrión mataba a un animal, un cordero, y se comía entre las dos familias, de forma que cada una era depositaria de su parte. Los patriarcas hacían también estos gestos con Dios, sacrificaban un animal, siendo una parte para Dios y la otra para la familia, o se derramaba vino, leche o miel, expresando el intercambio entre las dos partes. En la Alianza firmada con Yahvé hay además un componente especial, misterioso y reservado para aquellos que tienen un especial trato con Yahvé, sólo algunos pueden estar en su presencia unos pocos: Moisés, Abraham, o los profetas... La fuerza de Dios atrae a los hombres hacia sí, para darles a conocer su voluntad. No todos pueden comer con Yahvé, ni Yahvé acepta todos los sacrificios, sólo de aquellos que están preparados o iniciados con Él, los que han sido escogidos

Con el tiempo este tipo de sacrificios se fue haciendo en lugares fijos, es decir en santuarios, tomando un carácter más público. Sin embargo, Yahvé era un Dios especial, y la relación de los hebreos con Él, hizo que no se construyeran gran número de templos. Hacia el siglo X a. C. sólo había un gran santuario y único Templo, el existente en Jerusalén.

El Templo en Jerusalén era el centro de la vida celebrativa Judía. En su interior más remoto se depositaba el Arca de la Alianza, en el altar se sacrificaban animales, se ofrecían y derramaban los frutos de la tierra, se cantaba solemnemente los salmos del pueblo, compuestos según la tradición por David. En el Templo se hacía justicia, con las famosas ordalías. Se quemaba incienso, y se elevaban plegarias de alegría y de súplica constantemente. El Templo mismo se convirtió en símbolo de la cultura y religión judía.

Junto con la práctica de ofrecer sacrificios, propio de las tradiciones patriarcales, aparecieron celebraciones relativas a la liberación de Egipto. La noche de Pascua en Egipto, cuenta el relato, los hebreos se encerraron para cenar deprisa el cordero, uno por familia, en vigilia. Marcaron con la sangre los dinteles de las puertas, y tras la muerte de los primogénitos de Egipto, salieron deprisa hacia la liberación y la tierra prometida. Desde esa noche, la noche de Pascua, los judíos repiten esos gestos, recuerdan el paso por la noche del Mar Rojo, y comen un cordero repitiendo esos gestos. El misterio y el compromiso se volvían a dar la mano, especialmente con la firma de la Alianza en el Sinaí.

Otras celebraciones, como los tabernáculos o las tiendas, recordaban la travesía en el desierto, durmiendo a la intemperie. Durante esos días de fiestas, los judíos acostumbraban a ir a los ejidos cercanos al pueblo, durmiendo en tiendas o al raso durante varios días de fiesta. También recordaban el día del Sinaí, cuando Yahvé habló con Moisés y le dio las tablas de la Ley, lo hacían cincuenta días después de Pascua, en la llamada fiesta de Pentecostés, que los cristianos también celebramos. El sábado lo celebraban los Judíos acudiendo a la sinagoga y no haciendo esfuerzos. Escuchaban la palabra y la comentaban en un ambiente de oración y de exhortación.

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