25. Teo. sacramentos de la misión  

SÍMBOLOS Y SIGNOS DEL ORDEN SACERDOTAL.

Tradicionalmente, cuando se exponía la teología sobre los sacramentos se analizaba la materia y forma de los sacramentos. Esta práctica se inspiraba en la teología aristotélico-tomista. También se discutió en el sacramento del Orden sobre la materia. La forma quedaba siempre referida a las palabras empleadas en la ordenación, y la materia fue entendida, durante un tiempo, como correspondiente a los instrumentos entregados en la ordenación. Los lectores reciben de manos del Obispo el libro de la Sagrada Escritura, junto con unas palabras. En el ministerio de acólito se entrega la patena con pan o el cáliz con vino. En el caso de la ordenación de Diáconos se recibe, después de la imposición de manos y las vestiduras correspondientes, el libro del Evangelio con las palabras: "recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero; convierte en fe viva lo que lees, y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado". A los Presbíteros se les entrega de nuevo el pan sobre la patena y el vino y el agua en el cáliz de manos del Obispo: "Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor". En la ordenación episcopal se entrega el libro de los Evangelios: "recibe el Evangelio y anuncia la palabra de Dios con deseo de instruir y con toda paciencia", el anillo: "recibe este anillo, signo de fidelidad , y permanece fiel a la Iglesia, Esposa santa de Dios", la mitra: "recibe a mitra, brille en ti el resplandor de la santidad, para que, cuando aparezca el príncipe de los pastores, merezcas recibir la corona de gloria que no se marchita", y el báculo: "recibe el báculo, signo de pastor, y cuida de toda su grey, porque el Espíritu Santo te ha constituido Obispo, para que apacientes la Iglesia de Dios". Es normal que se entendiera como imprescindible en el sacramento la entrega de estos símbolos, y se comprendiera antiguamente como el elemento material decisivo de la ordenación, hoy entendemos que es el gesto de la imposición de manos, como así indicó Pio XII, la materia es la imposición de manos, y la forma las palabras.

Lo que sí que notamos es que hay una riqueza mayor en este sacramento, tanto en sus signos como la múltiple abundancia de gestos que se van realizando, si lo comparamos con otros sacramentos. Por supuesto la imposición de manos es el gesto central en la ordenación de los Presbíteros, pero también hay otros gestos en la celebración.

En la ordenación de las órdenes menores de lector y acólito, se hace la llamada a los que van a ser instituidos, se realiza por su nombre. De alguna forma nos recuerda al nombre impuesto por los padres en el bautismo, pero también está haciendo referencia a la llamada de Cristo a sus discípulos, a cada uno los llama por su nombre, es Cristo el que invita y convoca. El nombre simboliza toda la persona, y sólo esa persona, en exclusividad y totalidad. Otro gesto propio de estas dos celebraciones es la bendición previa a los candidatos en la oración. Después se realiza la entrega de los instrumentos. En el lector es el libro de la Sagrada Escritura de la que se hace fiel transmisor. La Palabra entregada expresa la escucha, la fidelidad a la voz de Dios, la atención y la centralidad en su mensaje. La Palabra de Dios es eficaz, es eterna, es transformadora,... en el caso del acolitado, se recibe el pan y el vino, signos de la Eucaristía de la que se constituye servidor y administrador del mismo. En estos ministerios menores no existe la imposición de manos.

En la ordenación de Diáconos y Presbíteros de hace de nuevo la llamada por el nombre, seguido de la petición de la Iglesia de ser ordenados. Hay un pequeño testimonio de ser suficientemente dignos, haciendo el Obispo la elección de los candidatos para el orden de los Diáconos. Estamos ante el diálogo, no sólo la llamada de Dios, sino que es la comunidad la que toma parte en la ordenación. No basta con la intención, es necesario la capacidad en la misión. Lo mismo sucede con los Presbíteros, no se hace sólo llamada por el nombre, sino que se valora su capacidad. Tras la homilía se acercan los Diáconos o Presbíteros y manifiestan su promesa de celibato ante el Obispo, seguido de la manifestación de voluntad sobre su disposición de vivir acorde al Evangelio proclamado, a la obediencia y a la vida de servicio y oración indicado. En este sentido estamos ante una manifestación de la voluntad, semejante al consentimiento matrimonial, pero ahora es la acción del Obispo la que realiza el sacramento, no simplemente el deseo del elegido. En un momento concreto, justo antes de prometer obediencia se unen las manos del elegido con las del Obispo, indica la unidad y la obediencia a la Iglesia. Otro gesto simbólico se produce en las letanías, los elegidos se tumban en el suelo, signo de humillación y servicio, de pequeñez y de entrega, mientras se van invocando a los santos de la Iglesia, y a Dios mismo para que bendiga a los elegidos.

El momento de la ordenación tiene lugar con la imposición de manos sobre las cabezas en silencio de los elegidos, que están arrodillados delante del Obispo. Se realiza la oración de consagración. Se sigue con la imposición de las vestiduras litúrgicas propias. Hay un paralelismo con el bautismo y la vestidura blanca, ahora el vestido está indicando la misión apostólica para la comunidad cristiana. Son revestidos los recién ordenados con su ministerio, por dentro y por fuera. Se entrega el libro del Evangelio signo del nuevo mensajero que es el Diácono para la iglesia.

En el Presbítero hay varios gestos especiales, tras la imposición de manos del Obispo impone las manos todos los Presbíteros, indica la comunión, la concelebración, la entrega en el orden de los Presbíteros, que como órgano colegiado lo acoge. También, tras la imposición de las vestiduras, son ungidas por el Obispo las palmas de las manos de los ordenados, señal de que serán las manos de Cristo en los sacramentos que celebren y presidan. Está unida esta unción con la que popularmente se realiza al final de la primera Eucaristía, donde el pueblo se acerca al recién ordenado sacerdote para besarle las manos ungidas, gesto habitual hace unos años y encontrarse con un sacerdote. Tras esta unción el Obispo da el beso de paz a los ordenados, que comparten también con otros Presbíteros o Diáconos que se encuentren, signo de paz y de comunión con la Iglesia.

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